Miradas I

Conduciendo de noche, de vuelta a casa. Es tarde. Frente a mí, las luces de Madrid. No me miran. Ni las luces, ni los pocos coches con los que me cruzo. Recuerdo otras miradas, de otras noches. Dos textos acuden al rescate de un cerebro demasiado cansado para elaborar nuevas historias. El primero es un poema y dice así:

Enamorarse es fácil.
Uno puede enamorarse
-sin demasiado
esfuerzo-
varias veces al día.
a nada
que se lo proponga
y se mueva un poco por ahí;
y si es verano,
ni te cuento.
Enamorarse no tiene
mayor mérito.
Lo realmente difícil
-no conozco
ningún caso-,
es salir entero
de una historia de amor.






El segundo no es un poema y dice así:

Resulta curiosa la curiosidad... imaginar a una persona desconocida paseando hace que, extrañamente, desees poder seguir sus pasos. Recuerdo hace años, en el metro de Madrid. Era muy tarde y mi parada era la última de la línea. Ella se cruzó con mi mirada. Apenas quedaba nadie en el vagón, quizás dos o tres personas más, pero para mí, no existían. Ella sí. Estaba sentada frente a mí y yo la miraba. Y ella me miraba a mí. Cuando quise darme cuenta, llevábamos mirándonos a los ojos desde hacía demasiado tiempo, una o dos paradas de metro, toda una vida. Estaba tan cansado que apartar la mirada no formaba parte de mis planes. De los suyos, tampoco. Ahora, tanto tiempo después, imagino que fue un sueño. Sé que no es así, sé que fue real, pero es que a mí no me suceden esas cosas. Ella siguió mirando fijamente a mis ojos, sosteniendo mi mirada y alimentando mis recuerdos. Aún lo hace. No la seguí. Dejé que bajara una o quizás dos paradas antes del final. Cerré los ojos y aunque después los abrí, no volví a ver nada más hasta el día siguiente. ¡Benditos ojos de hechicera!.

El primero es de Karmelo Iribarren, el segundo, no.