Sin móvil

Soy capaz de vivir sin móvil, al menos los fines de semana. Entre semana, por motivos de trabajo, su uso es imprescindible. Sin embargo, o quizás por ese motivo, soy sensible al mal uso que hacemos del dichoso cacharrito.
Fin de semana, parque Juan Carlos I, Madrid. Negros nubarrones sobre la sierra. A dos metros de mí, dos parejas con un montón de hijos y un montón de móviles:

- Cari, al final nos tenemos que ir porque se va a poner a llover.

Yo, por si acaso, miré al cielo. Las nubes se movían hacia Guadalajara. Es decir, en el Parque no iba a llover en toda la tarde. Sin embargo, los dos hombres de las dos parejas sacaron sus dos móviles de ultimísima generación, se miraron, sonrieron como si estuvieran a punto de abrir el cajón de los secretos y dijeron al unísono:

- Preguntemos a los supertacañones.

Supongo que preguntaron a Google... Ni miraron al cielo, ni miraron el viento, ni vieron las nubes, ni ná de ná... Mulder, Scully, la Verdad no está ahí fuera, La Verdad está en la pantalla del móvil.
Me quedé mirando a las nubes rogando al Dios del cielo que se pusiera a granizar justo a dos metros de mí. Desafortunadamente Dios estaba apagado o fuera de  cobertura...

Saludos.