Una higuera

"Ella, como los higos, cuello de ahorcado, ropa de pobre y ojo de viuda..."
El sobrino del pirata,
un cuento inconcluso


Es época de higos en el pueblo. En la ciudad no, en la ciudad las épocas no se miden por la fruta que uno puede comer, o no comer. Desde siempre me ha gustado eso de subirme a los árboles. De pequeño me cabreaba no tener en el corral ningún árbol grandote donde escalar. Y ya sabéis que yo, de pequeño y cabreado, daba miedito... mucho miedito. Ansiaba la típica casa en el árbol y hacía cuentas sobre los años que tendría que esperar para que creciera la acacia. Los árboles han crecido y ahora sí, ahora puedo subir, descalzo como siempre, trepando entre las ramas, esquivando avispas, ramas que se cruzan, que suben y bajan, viejas y nuevas... Durante un tiempo disfruté de un manzano que, viejo ya, no quiere seguir colaborando en la merienda. Hace unos días, subiendo a la higuera grande (la otra es la higuera pequeña) con todo el cuidado del mundo... me agarré a una rama, la rompí, y casi me piño... Estaba yo solo en casa... ¡si me caigo, me mato!... Y me dí cuenta de algo muy evidente que a veces olvido: los árboles han crecido, sí... y yo, ¡también!... ¡mecagüen to!