Historias infantiles (II)

De vuelta a los 80. Las gallinas de nuestro corral disfrutaban de la vida en el enorme patio de la casa abandonada que había al lado de la nuestra, lugar conocido en la familia con el nombre de: dondetioprimitivo. Yo era el encargado de ir, cada mañana, en busca de los huevos. A parte de espacio, dondetioprimitivo había gallineros con las puertas abiertas, una vieja veldadora, un trillo, cribas, palas, sierras, algún que otro árbol, mucha maleza y mil recovecos donde las gallinas podían tener escondidos sus niales. Era como la selva del Amazonas para un niño que nunca había visto la selva del Amazonas, claro. Me tiraba un buen rato subido aquí y allá a la busca y captura de la preciadas presas. La misión tenía sus trucos, eh... si encontrabas un nial con huevos, había que recoger todos menos uno. Ése se quedaba de muestra, para que las gallinas volvieran a poner en el mismo lugar. Toda una ciencia... A veces encontrabas huevos largo tiempo abandonados, prueba de que otra vez, hace tiempo, no hiciste bien tu trabajo... y como había que ocultar las pruebas del delito... pues las ocultabas estampando los huevos "corrutos" contra la pared... ¡Aquí paz y después gloria!... Aunque en mi defensa diré que casi siempre hacía bien mi trabajo y volvía a la cocina con 10 o 12 huevos, según el día. A veces incluso los vendíamos.... los últimos que recuerdo, a 100 pesetas la docena...

Esa mañana andaba yo cabreado con el mundo... ¡vete tú a saber el porqué!... quizás mi hermano no quería salir a jugar conmigo, o mi madre no me hacía caso, o no se me ocurría ninguna aventura nueva... y encima, tenía que ir a por los huevos. Bueno, vale, voy.... Pero al volver de dondetioprimitivo, con la cesta llena... en lugar de ir a la cocina, me subí al tejado de las cochineras, escalando como un gato... y allí me hice fuerte.

Mi madre: ¿Pero qué haces ahí subido?, ¡Baja ahora mismo!....
¡ZAS!, huevo a la Esther...
Mi abuela: ¡Ay este chico!, ¡es el demonio!, ¡Baja, a ver si te vas a caer!
¡ZAS!, huevo a la Angelina...
Mi madre otra vez: ¡Qué bajes he dicho!
¡ZAS!, huevazo...
Mi hermano: tú verás, eh, pero yo que tú bajaba
¡ZAS!, y ¡ZAS!, a este, dos... por no salir a jugar conmigo... ¡hala!...

y así estuve un buen rato... hasta que se me terminaron los huevos y me dio el hambre... y entonces... bajé... y... qué curioso, no recuerdo el castigo... pero haberlo, lo hubo, de éso estoy seguro.

P.D.: la siguiente historia será sobre los peligros de ser niño... :(