El día amanece oscuro en la Toscana, en los montes de la Garfagnana, en el pequeño pueblo de Pieve Fosciana. No se oye nada, silencio dentro, silencio fuera... silencio como no había escuchado en años. Abro la ventana y veo la niebla que baja de los Alpes para colarse entre los valles. Bajo a desayunar. Pero las escaleras me llevan lejos de Italia y aparezco en la Dordoña, en Eymet, en la cocina de Madame Camacho. El desayuno está listo. El café de puchero, los croasanes recién hechos, la mantequilla lista y la mermelada, casera, y la chimenea prendida..., me quedaría aquí todo el día... pero no puede ser. Salgo a pasear pero mis botas no pisan la Rue de L'engin, sino que aparezco en Kinderdijk. Un paseo entre canales, entre molinos, entre ciclistas holandeses, mientras poquito a poco, el perezoso sol de estas tierras intenta, y no consigue, ascender. Hermosa luz para unas fotos. Y ahora, un café, un capuccino en cualquier pequeño bar de Florencia. Y seguir paseando, quizás por las empinadas calles de un pequeño pueblo de la Liguria, con el cielo azul, muy azul, sobre tu cabeza, y las calles empedradas bajo tus pies, y la ropa blanca y limpia secándose entre las casas de las madonnas, y las casas, tan pegaditas unas a otras que parecen amantes subiendo la montaña, desde el mar, cogiditos de la mano. El día continua y hay que comer... ¿dónde?... con este tiempo otoñal lo mejor será algo caliente para el cuerpo... quizás una sopa de tomate en Delft, o quizás parar en un pequeño mercado francés, y comprar algún producto de la tierra, y gustarlo mientras los que lo cultivaron miran orgullosos el buen comer del viajero. Y alargar la sobremesa hablando con Francisca sobre el aquí y el allí, y sobre lo que sí y sobre lo que no, y sobre el vino y sobre la vida... Y ya que estamos, salgamos a recoger unas nueces en el nogal del vecino, que nos ha dado permiso y paseemos por la campiña Francesa, que para eso está, para pasearla y para disfrutarla. Y miremos más allá, y mirando veremos el atardecer cayendo sobre las hermosas torres de Sam Gimignano. ¡Qué día!, ¡qué hambre!, cena en la Ostería del amigo Andrea, en la Toscana, en Castelnuovo di Garfagnana... deja que nos alegre la noche con sus historias y sus vinos, y su mortadela, y su salami, y su parmesano, y la tortilla de la sua mamma. Y antes de irnos a dormir, recorramos las vacías salas del Palazzo Vecchio en Florencia, imaginando que detrás de cada esquina aparece Mr. Lecter, una vez más... de vuelta a las andadas... y que los pasos nos lleven a Lucca, la hermosa ciudad de nombre chiquitín, que la madrugada nos encuentre en la pequeña pensión de altos techos donde reposaremos de un Noviembre tan inesperado como hermoso.