siento la tardanza en responder a tu última misiva. En mi descargo, sé que eres mi hermano y sabrás perdonarme, diré que en este poblacho el Interné deja mucho que desear. De hecho te iba a escribir a ese respecto, y ya tenía media cuartilla rellena con mis reflexiones cuando, de pronto, me he encontrado con algo que me ha llenado de desasosiego. He de confesarte que después de mi apoteósico triunfo de hace un par de años, ya sabes, aquello de las patatas... pues bien, después de aquello me di a la bebida y no he hecho más que enlazar una noche con la siguiente. Mi fuerte nunca ha sido gestionar el éxito, básicamente porque nunca antes había llamado a mi puerta, de modo que cuando lo hizo me pilló desentrenado. Y me dejé llevar. Deja que te diga, querido hermano, que fruto de esa tormenta de lujuria, vicio y desenfreno, vinieron lodos con forma de mujer. El nombre de ella es poco importante, y aunque lo recuerdo perfectamente he preferido olvidarlo. La conocí en uno de mis viajes y mantuvimos una relación intermitente pero continua. Ella vivía allí y yo vivía aquí. Para mí era perfecto. Nos veíamos, nos amábamos. Nos separábamos, nos echábamos de menos. Nos volvíamos a ver, nos volvíamos a amar. Y vuelta la burra al trigo. Ya me entiendes. La moza era maja, he de confesarlo... pero en lo que a físico se refiere, dejaba mucho que desear. Mucho mucho. Nació medio coja de una pierna y de la otra... coja entera. Un ojo a la virulé oculto tras sus enormes gafas de culo de vaso. Era más ancha que alta. De buen comer, eso sí. Y tenía un lindo corazón. Me decía cosas hermosas: "Tengo un ojo a la virulé para ver lo que tú ves". ¡Ole!. Y yo respondía con la poesía que alguna vez recité:
"si yo fuera el río que pasa por tu barrio,
ya me habría desbordado
para verte mientras duermes
por el ventanuco de tu cuarto."
ya me habría desbordado
para verte mientras duermes
por el ventanuco de tu cuarto."
En fin, un amor hermoso entre dos seres feos. Como un cuento lo vivimos. Pero todo lo bueno llega a su fin. Yo lo asumí, ella no. Quise cortar un montón de veces pero ella estaba enganchada a un pasado que ya nunca sería presente. Su amor se convirtió en algo irracional, enfermizo. Buscaba en mí lo que yo ya no podía darle. Y finalmente salí huyendo de ella. Dejé de visitarla y dado que yo, como buen amante que soy, tuve la precaución de no decirle jamás el nombre de mi pueblo, asumí que ella no podría encontrarme. Iluso de mí. Hoy me he desayunado con esto a la puerta de mi casa:
Sé que me ha encontrado. Es su letra, no me cabe duda. El color (negro), la fuerza del trazo en la tilde (fuerte, muy fuerte)... esas Oes tan redonditas... ¡es ella! Además, para más inri, ese adjetivo sustantivado va por mí. No entraré en detalles escabrosos que entre hermanos están de más... pero te lo aseguro, se refiere a mí. Sé que está loca. Sí, vale, loca por mí... pero loca de remate. Querido hermano, acudo a ti para pedirte consejo: ¿Qué puedo hacer?. ¿Salgo de aquí como alma que lleva el diablo, huyendo de mi fatídico destino, o me encaro a él, a puerta gayola y que sea lo que Dios quiera?
Se despide de ti, tu hermano que te aprecia,
Muscleto.
