Balonmano pastoral

En estos días en los que el balonmano sale 30 segundos en la tele (España-Dinamarca, semifinal del mundial), he recordado al señor cura que nos enseñó a jugar a este deporte allá por los años 80. En aquella época todos queríamos jugar al fútbol sala, deporte que nosotros llamábamos "futbito" porque al fútbol "grande" no habíamos jugado nunca y porque, dado que jugábamos al aire libre sobre campos de cemento, lo de "sala" nos sonaba a coña... En el colegio, dejaban que nos federaramos a futbito a costa de apuntarnos también a otro deporte. Casi siempre elegíamos el atletismo, de modo que las mañanas de los Domingos nos íbamos a correr como galgos (o como podencos, según el caso) por los pinares de Castilla... pero... vete tú a saber porqué, aquél año acabamos jugando a Balonmano. Y el cura del pueblo, por aquellas costumbres de los seminarios, conocía las reglas del juego, y nos aleccionó haciendo de nosotros un equipo im-pre-sio-nan-te... Teníamos un bicharraco que jugaba de central y que metía goles desde su propia área,... dos laterales fornidos que aprovechaban cualquier oportunidad para tirar a puerta... dos extremos con el contraataque en las venas... y un portero con muy poquito trabajo... ¡ah sí!, y un par de pivotes que parecían cualquier cosa menos pivotes, y que se aburrían un poquito viendo como el resto marcaba goles uno detrás de otro... Resultado: ganamos todos los partidos que jugamos, goles a favor: mogollón, goles en contra: pocos, muy pocos... Y todo gracias al párroco del pueblo y a su amor por este deporte. Estoy seguro de que todos nosotros guardamos un buen recuerdo de aquella aventura. Al año siguiente volvimos a los pinares truncándose nuestra exitosa carrera balonmanística... cosas de la E.G.B. pueblerina... Por cierto, aunque ya lo intuía por aquel entonces, con el tiempo confirmé que el señor cura era mejor persona que cura, descubrimiento que, como podéis suponer, no cambió mi opinión sobre él... pero esa... es otra historia.