

Nunca había esperado ver la copa. Ni en sueños. En el verano del 82 yo era un niño disfrazado de brasileño, que salía a dar patadas a un balón después de los partidos en la tele. Ayer, subido al cielo de Madrid, me preguntaba dónde había quedado ese niño. 28 años y 116 minutos después, ví la copa. Es preciosa.