"Tuvimos que dormir directamente encima de la arena. Sentada en el suelo, pasé la noche con mi niña encima de las rodillas. Rápidamente empezaron a morir los niños españoles. Mi hija vivió 15 días."
Dolors Casadella, republicana huyendo de la derrota en la guerra,
Refugiada española en algún lugar de Francia, primeros meses de 1939
Hoy son ellos, los sirios, los que mueren en las playas, niños, mujeres, hombres. Huyen de la guerra y piden asilo a quién pueda dárselo. Hace muchos años hubo una guerra en este país. Entonces nosotros fuimos ellos. Y como a ellos, casi nadie nos ayudó a huir.
"Es difícil describir la miseria de los exiliados españoles en los campos de concentración: el olor de sus cuerpos, el frío y la humedad que soportaban, la diarrea que continuamente sufrían, el hambre, la privación de libertad, la incomunicación y la ansiedad por su destino."
Francisco Guerra, médico español en el exílio.
Y estos hechos no ocurrían en el destino final de muchos de los republicanos españoles, los campos de exterminio nazi, no. Todo esto ocurría en la tierra de la libertad, de la igualdad, de la fraternidad, Francia, donde las autoridades optaron por agrupar, aislar y confinar a todos los derrotados despojos humanos.
"Allí morían los que tenían más de cincuenta años, pues no podían aguantar las calamidades, las vicisitudes, la intemperie, el frío,[...] Teníamos que hacer nuestras deposiciones en la misma orilla de la playa y se les ocurrió a los franceses en lugar de aljibes, poner unas bombas que extraían y depuraban, teóricamente, el agua del mar. Y lo que extraían eran nuestros propios detritus y claro, la cantidad de gente que murió de disentería fue enorme"
Sixto Úbeda y Eulalio Ferrer.
Estas notas están recogidas en el libro "Los últimos españoles de Mauthausen", de Carlos Hernández de Miguel. Uno de los párrafos dice así:
Los indeseables
Los refugiados no conseguían entender las razones que llevaban a las autoridades francesas a comportarse de una forma tan inhumana. El maltrato físico iba acompañado de una profunda campaña de desprestigio en los medios de comunicación. El Gobierno y los partidos de derechas tachaban a los exiliados de criminales, violadores, asesinos de curas e inmorales. Políticos y periodistas, mano a mano, se encargaron de provocar una alarma social que caló hondamente en la población francesa.
[...]Poco a poco se dieron cuenta de que tras las alambradas no había demonios con cuernos y rabo, ni bestias despiadadas, sino personas normales y corrientes que vivían una situación desesperada.
"Los domingos se llenaba de gente que se acercaba a vernos como si fuéramos unos bichos raros. Nos miraban con mucha curiosidad. Algunos nos lanzaban paquetes de tabaco por encima de las alambradas. Los gendarmes no querían que lo hicieran, así que se ponían a gritar. Pero cuanto más gritaban, más tabaco y comida nos echaban. La gente se portaba bien".
Ramiro Santisteban
Ahora ellos son lo que fuimos, refugiados en tierra extraña. Ahora son sus niños los que mueren en las playas. Demostremos, en la medida de lo posible, que algo aprendimos de nuestra propia historia.
Saludos

