Venecia

Leí en algún lugar que Venecia corre el riesgo de convertirse en un parque temático. Los venecianos se van de allí, apenas nacen niños y los viejos son cada vez más mayoría. Ha pasado de 120.000 habitantes hace 30 años a menos de 60.000 a día de hoy. Eso sí, 21 millones de turistas al año... y subiendo. Hordas de turistas que llegan en autobús desde el cercano aeropuerto de Marco Polo, e incluso en cruceros de 10 pisos plantados a la entrada de la Laguna. Yo, poco dado a las masas, he disfrutado mucho de los barrios de San Polo y Santa Croce. En esos barrios, un pelín alejados del mogollón, puedes pasar, a través de angostos y retorcidos callejones, de una calle comercial a la más absoluta soledad de una pequeña plazoleta.

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Venecia tiene el rostro oculto tras una máscara, Venecia huele a pizza y sabe a gelato de amarena, Venecia suena al ruido de los pasos perdidos en los puentes sobre los canales camino del vaporetto y suena al botellón nocturno del campo Santa Margherita y Venecia siente como sentían esos muchachos que jugaban al fútbol en una enlosada plazuela, junto a un palazzo del siglo XVI, usando sus viejas y sucias paredes como portería.

Por cierto, he vuelto a encontrar una mirada... Lo gracioso del asunto es que el muchacho italiano que me ha hecho recordar a ese niño serbio que me miró en la pequeña ciudad de Sremski Karlovci,... lo realmente gracioso es que el pequeño italiano, il piccolo bambino que me miró, que me sostuvo la mirada con desparpajo,... ¡tenía unas enormes gafas de culo de vaso!... quizás por eso le brillaban tanto los ojos... o quizás, simplemente, le brillaban porque él vive en Venecia y yo no.

Hasta más ver